domingo, 17 de mayo de 2009

COSAS QUE ME GUSTAN



Pedir un vino más caro que toda la comida. Las terrazas. Los camareros que te ven sin llamarlos. Los gintonics en locales oscuros. Los amigos imperceptibles. Conversar sin convencer. El afecto a pesar de nuestros defectos. El respeto. Transmitir lo que sabemos. Hacer conjeturas de cómo será la ropa interior de la recepcionista del hotel. Las siluetas a contraluz. Las mujeres maduras con ojos adolescentes. La comprensión. Que nos dejen en paz. Pasear sin rumbo. Ganar alguna vez. Que nos rían las gracias. Un deportivo averiado. La primera luz del día. La lencería. La última luz del día. Los desfiles de moda.

El miedo de los toreros. Reírse de uno mismo. La torpeza de un primer beso. Coger el bus turístico en tu propia ciudad. Las miradas furtivas en los ascensores. Los taxistas mudos. La puntualidad. Flirtear. Levantarse tarde. Fantasear. Los recuerdos. El talento. La humildad de los sabios. Hacer algo sin motivo. Observar. El trabajo manual. La curiosidad. La literatura que golpea el alma. Recordar los sueños. Las almas afines. El arte anterior al siglo XX. El discreto encanto de algunas mujeres. El hielo de las gasolineras. Comer con hambre. La siesta.

La ruta 66. Preparar los viajes. Viajar sobre la marcha. Francesca, la guia veneciana de ojos grises que no conocía Barcelona. La maleta apareciendo por la cinta.
Los teatros vacíos. Los bocadillos de atún con anchoas. Descubrir una intimidad. El olor del bosque húmedo. La fragancia animal del sexo. El silencio en compañía. La última mesa del bar. Las fotos antiguas. Los secretos inconfesables. El espejo de ella antes de la cita. El cajón de su ropa interior.

Mantener el deseo.

sábado, 9 de mayo de 2009

EL PASADO





- Armando, debe ser el efecto del alcohol que....
- Ni alcohol ni hostias...
No podía creer lo que me estaba contando Armando. Era surrealista, en las antípodas de su ideología. Aquel prototipo de progresista, ahora me salía con estas. En aquel bar con la música demasiado alta y montones de gente alrededor.

- Me vino de repente esa obsesión hace unos seis meses. Tenía a Marta sobre mí como tantas otras veces y no sé por qué ni cómo mirando su cara, empecé a preguntarme como hacía el amor con todos sus amantes anteriores.
- Vamos a ver... Armando -le dije con una sonrisa incrédula- pero como se te ocurre a estas alturas.... y tú, el último hombre que podría pensar en eso. Si lleváis casados mas de diez años ya.
- Vale, nunca lo había pensado hasta ese momento. Pero ahora no se me va de la cabeza. Una tarde que ella no estaba en casa, empecé a registrar todas sus cosas, sus cajas de recuerdos, sus fotos antiguas y allí volví a encontrar aquella foto en la playa de hace 20 años con una amiga y un par de franceses de mierda veraneando en un camping de la costa. Joder aquel puto francés se tiró a Marta tío.
- Y qué, Armando, que coño pasa, no pasa nada. ¿Vas a tener ahora celos retroactivos? Qué importa el puto francés de hace veinte años, igual ya está muerto, joder. Además entonces tú ni sabías que existía Marta.
- Quiero saber como follaba con otros , me entiendes? Quiero ver la película, los detalles. Si lo hacía igual que conmigo o no.
- Te ha salido ahora la vena masoca o qué? Qué más da todo eso, no está desde hace diez años contigo?
- Sé que es ridículo, soy un imbécil, pero cada noche se me aparece el francés, aquel otro gilipollas que le hizo una foto a Marta junto a su coche con bandas laterales y pegatinas de Pachá, su antiguo novio de cuando iba a la escuela de idiomas. Se me aparecen todos ellos en una pesadilla de orgías sin fin con Marta en medio. Total con todo este mal rollo mío, ya no me acerco a ella, hace un mes que no hacemos nada, nos estamos distanciando.
- Armando deberías preocuparte más del presente que del pasado–le dije, mientras se le entornaban los ojos y en la pantalla de mi móvil parpadeaba “Marta”-.

sábado, 25 de abril de 2009

ELOGIO DEL HUMO



Para quienes no tenemos patria, ni bandera, ni religión. Para los que ni siquiera creemos en un equipo de fútbol y ya tenemos una edad en que tampoco podemos creer en lo único que creíamos en la juventud: el ser humano. O quizá, algunos escogidos seres humanos. Para los completos descreídos. Para los nihilistas y los escépticos de toda índole, hastiados de tanta mezquindad, de tanta ruina y rutina.

Para todos nosotros existe un bálsamo sencillo, disponible, amable, humilde, frágil, personal y casi intransferible. Un objeto amigo de nuestros dedos y de nuestros labios que aún no han abandonado la lejana etapa oral.

En las celebraciones, en los momentos alegres, nos acompaña. Sus volutas adornan el aire que nos rodea con una apoteosis barroca de azules y grises sobre fondo de colores.
Nos ayuda a ocultar la turbación ante alguien especial que nos conmueve. O simplemente nos proporciona un placer inmediato y fugaz.

Pero es en los momentos amargos cuando cobra realmente sentido. Cuando ya no nos queda nada más que nuestra negra y absoluta soledad, es cuando comparte con nosotros esos pensamientos silenciosos como de vacío andén nocturno, que nadie puede entender. Es entonces cuando el rojo incandescente de la punta actúa como única luz y el humo aspirado es el único consuelo frente al mundo.

Para quienes fuimos mitómanos del cine, nos queda revisar películas anteriores a 1990, donde el humo flotaba en los platós y dotaba a las actrices de una elegancia suprema en sus sensuales exhalaciones. Pocos fetiches fueron tan potentes como aquellos filtros manchados de carmín...

Algunos médicos vuelven a recomendarlo. Consideran inhumano salir del trabajo y entrar en un bar donde esta prohibido. Han comprendido que es una tortura políticamente correcta, el no poder desahogarse cinco minutos de la tensión acumulada durante horas.

No lo olviden, fumar es de débiles.

sábado, 18 de abril de 2009

INCLUSION



Algunas noches a eso de las diez coincidíamos camino del metro. Los dos salíamos de clase a esa hora. De academias distintas, como tantos otros que llenaban el andén con las carpetas bajo el brazo, después de una jornada de trabajo seguida de tres horas más de estudio. (Estudias o trabajas? Trabajo y estudio).

Para atajar el trayecto atravesábamos por el interior del Hospital Clínico, por pasillos grises de altos techos con una iluminación mortecina, vacíos y silenciosos. El olor a hospital pegado a la nariz nada más entrar en el edificio, anulaba la fragancia que fluía de su melena de rizos anchos y muy negros. El ambiente tétrico quedaba reforzado más de una vez por la visión de una camilla en un rincón sosteniendo un cuerpo tapado por una sábana. Así atravesábamos doscientos metros de hospital, leyendo los rótulos desconchados de prohibido el paso, peligro rayos X, área radiactiva, quirófanos sótano 1...cruzándonos con el personal sanitario de guardia que nos confundía con improbables estudiantes de enfermería.

Después el trayecto de cinco paradas de metro, en el que hablábamos amparados por el ruido del vagón. Salíamos al exterior sin saber muy bien que decir, de qué seguir hablando bajo la tensión que produce la presencia de los dos sexos. Agradecía en aquellos momentos la súbita inspiración de alguno de los dos, de la que surgía un tema de conversación recurrente que rompía la incomodidad de diez segundos de silencio.

Al llegar a su portal, frente a frente - ella con la carpeta sujeta a modo de escudo - su mirada brillante a la espera de que ocurriera algo. Una breve despedida, un hasta la próxima, las buenas noches.

Deshacía la presión de mi pecho subiendo las escaleras hasta mi piso de dos en dos. Cenaba cualquier cosa y me acostaba leyendo alguna sublime novela depresiva , como para buscar en aquellas páginas la fórmula que rompiera el bloque macizo y transparente como una inclusión, que me separaba de cualquier contacto. Como esos insectos atrapados en una gota de ámbar para toda la eternidad. No había remedio para mi mal interior, ninguna solución externa a la vista. Anhelaba que aquella existencia de pesadilla contenida, contínua y sorda acabase algún día.

Así soñaba lentamente hasta dormirme, sin saber aún que la solución estaba en mí mismo.

sábado, 4 de abril de 2009

REVELACION



Basilio, sentado mirando fijamente las baldosas del suelo, se maldecía a sí mismo. Pensaba en el aspecto tan poco atractivo que ofrecía, detestando algunos defectos de su físico, que para los demás pasaban inadvertidos y que él exageraba. Odiaba su torpeza a la hora de relacionarse verbalmente con los demás. Se le ocurrían las respuestas precisas a las situaciones comprometidas, horas más tarde de que el oponente le hubiera vencido fácilmente. Vivía aplastado por su invencible timidez.

Sumido en esos sombríos pensamientos, se imaginaba al lado de Sílvia tan guapa, instalada en la seguridad de su belleza, en su chispeante inteligencia y en el poder de su hechizo y la pareja le pareció imposible. Entonces trató de figurarse que era atractivo, elegante, ingenioso, espontáneo, audaz y que ella le admiraba y se rendía a sus encantos. Agotado por sus cavilaciones cayó en un profundo sueño.

A media tarde, un ruido de pasos le despertó de su ensoñación y momentos después en el umbral apareció Sílvia. Basilio se levantó mirándola turbado. Ella le saludó con la displicencia de otras veces. De pronto, Basilio sintió un desmayo interior que dio paso a una revelación. Todo a su alrededor se tiñó de un amarillo luminiscente. Una fuerza que parecía brotar de sus entrañas, hizo realidad su sueño; su estatura creció unos centímetros, su porte se volvió apuesto, sus ojos tristes se iluminaron con un brillo centelleante, su timidez se convirtió en audacia y sus dudas en seguridad.

Todo quedó transfigurado por la fuerza del amor, cuando las manos de Basilio rodearon el talle de Sílvia que respondía a su impulso con la misma pasión que él. Y Basilio por primera vez descubrió el sentimiento de amarse a sí mismo.

sábado, 28 de marzo de 2009

LA LEY DEL MINIMO ESFUERZO



La seducción espontánea, el sexo ocasional y gratuito, es un terrible malentendido. Porque pagar siempre se paga, sea de entrada o en cómodos plazos. Para hacer sexo con una mujer se acaba pagando siempre. Así me hablaba Felisberto, en aquella terraza primaveral, frente a dos cervezas y con vistas al paseo, donde observar la circulación de interesantes especímenes a contraluz.

Comencé a reflexionar internamente, tratando de adherirme a sus argumentos y recordé algún episodio irritante y dulce a la vez, en que algunas mujeres desarrollan todo un despliegue de coquetería, ese ahora te digo una obscenidad y después me hago la estrecha, que pone bastante nervioso hasta resultar insoportable. Empezando por ahí el pago en forma de paciencia.

No dudo de la sabiduría de la naturaleza. Sus razones tendrá para atormentarnos a los hombres con el sexo. Esa danza extraña en la que ellas hacen todo lo posible para llegar al orgasmo y nosotros para retardarlo. Nuestra sexualidad es automática y la de ellas mucho más compleja. De manera que hay que portarse bien, no valen las medias tintas, es un juego de estrategias y habilidades. La parte devoradora de ellas lo quiere todo. Si ganas eres la luz y si pierdes no eres nadie y no dudarán en ponerse en otras manos más eficaces que las tuyas. Ellas, que luego van diciendo por ahí que el sexo no es tan importante.

Siempre odié el esfuerzo y la perseverancia. Si las cosas cuestan mucho esfuerzo es que quizá no valen la pena. La vida es demasiado corta para perder el tiempo en insistencias y esforzarse en algo es admitir la propia falta de talento.

Haciendo una retrospectiva, recordé que para evitar el rechazo, siempre me dejé conquistar. Había utilizado la técnica de ciertas aves, que lejos de cortejar, simplemente se exponen con la esperanza de atraer al otro sexo. El resultado siempre fue satisfactorio pues eran ellas quienes seducían, decidían y se satisfacían, evitando así cualquier forma de pago por mi parte.

Ahora que el plumaje luce algo desmochado y que la comodidad me hace dudar entre un buen whisky con vistas y un buen polvo, practico como nunca la ley del mínimo esfuerzo.

-Mira Felisberto, esa de la minifalda, uff, está que cruje...

sábado, 21 de marzo de 2009

MUDANZA



“Al fin recordamos la clave. Ya no tendremos que recurrir a soñar para encontrarnos, porque hemos atravesado el cristal que nos separaba lo imaginario de lo real. Existimos y nos hemos encontrado, lo demás no importa”

La caligrafía elegante y ordenada, la tinta azul de la dedicatoria en la primera página blanca del libro, ahora amarillenta y con los bordes amarronados por el paso del tiempo. De una edición de bolsillo cuyo papel seco y rugoso, aún conserva el precio a lápiz: 75 ptas.

El libro que durante tantos años creí perdido, apareció en el fondo de un armario durante una mudanza. Al contrario de lo que suele ocurrir en las mudanzas, donde siempre se pierde algo.

Ella volvió a ser tangible en aquellos instantes, cuando mis dedos tocaron la superficie de sus letras y la pequeña máquina del tiempo personal retrocedió hasta aquellos lejanos días ahora irreales. Tan distantes que parecen pertenecer a la vida de otro. A la de algún personaje de novela, exagerado, arrebatado por la imaginación demasiado calenturienta del autor.

Después, lentamente, el almacén de recuerdos repasó la trayectoria de mi vida insubstancial y sin saber porque se cruzaron imágenes confusas de fechas señaladas y me pregunté que haría ella cuando yo celebraba un cumpleaños, qué hacia un día de Navidad cuando yo lo celebraba con mi familia, qué regalos recibía en una mañana de Reyes mientras yo montaba en el suelo el último juguete de mi hijo. Cómo era su vida en un día laborable, con quién se relacionaba. ¿Habría encontrado en su camino a alguien a su medida?

Hace dos años supe por terceras personas que visitó mi ciudad. Probablemente caminaría por aquellos lugares que yo siempre procuro evitar para no recordarla. Me dijeron que sigue viviendo sola. Preguntó por mí. Le respondieron con vaguedades y lugares comunes, como con sigilo para no levantar expectativas. Dicen que se alegró de que todo me fuera bien.

De vez en cuando despierto brevemente de mi eterna anestesia y el vértigo vuelve. Entonces pienso en entrar en contacto con ella de nuevo. Por métodos laberínticos, indirectos. Si conociera su dirección, relaciones epistolares por correo electrónico o por mensajería instantánea, sin declarar mi identidad. Unas ideas locas para saber como es ahora, como piensa, que hace con su vida. Desde mi enfermizo anonimato, porque no sería capaz de presentarme.

Esta mañana he tecleado su nombre y sus dos apellidos en el buscador de páginas blancas de Telefonica.