
Pedro y yo estábamos frente a la gran bañera de acero inoxidable, llena de huevos cocidos hasta el borde. Huevos duros para la cena de tresmil reclusos sin delito. Nos ordenaron pelarlos y depositarlos en unos baldes con agua. Él sonreía con una mueca desencajada. Quién sabe lo que pasaba por su práctico y sencillo cerebro de cabrero ante aquella visión. Yo por mi parte, inmediatamente me situé en un relato de Kafka que para eso sirve la cultura, para sufrir con elegancia.
Iniciamos la labor de descascarillado con cierta presteza al principio, entre risas. Al llegar a los trescientos huevos los dedos tumefactos empezaron a sangrar levemente a causa de los microcortes de las cáscaras. A los cuatrocientos, el agua del balde adquirió una leve tonalidad de vino rosado. Los huevos flotaban como flores ciegas entre aquella mezcla. Al ver el resultado, el vigilante nos ordenó dejar aquel trabajo, trasladándonos entre gritos e imprecaciones hacia otra sala.
Allí nos esperaban dos sacos de cebollas de 30 kilos que había que pelar. La molestia dactilar aumentó al contacto con los irritantes jugos. Para olvidar ese dolor los ojos picaban en extremo pues aquellas cebollas sabían defenderse con fuerza. Después de unas cincuenta cebollas peladas por cada uno, aprovechando un descuido de los vigilantes, abandonamos disimuladamente entre lágrimas aquella tarea, yéndonos a perder a un solitario patio donde se almacenaban los enormes cubos de goma de la basura. El relato kafkiano que me acompañaba en mi interior adoptaba múltiples formas de desesperación propias de ese autor.
El hedor de los cubos, creánme era nauseabundo, superior en repugnancia a cualquier otra substancia. Quizás piensen ustedes que la mierda es peor, tal vez el tufo de una pocilga, no, se equivocan, no hay nada peor que los restos de comida descompuesta, las verduras y frutas putrefactas, los espesos líquidos derramándose lentamente bajo la goma negra de aquellos cubos.
Al poco rato fuimos descubiertos por un vigilante que salió a orinar al patio. Como castigo nos mandaron a limpiar las letrinas. Ellos creían que era un castigo, sin embargo era el trabajo más agradable de los que allí podían ejercerse. Pedro se mostró feliz al instante al disponer de una manguera con la que jugar a arrancar los zurullos increíblemente adheridos a las paredes de cemento. Nos preguntábamos que clase de acrobacia era menester para cagar de esa forma, cuando la gravedad obligaba a acertar en el agujero del suelo. Quiénes podrían ser los autores de aquellas esculturas marrones, semejantes a antiguos picaportes.
El agua a presión se estrellaba contra aquella materia resistente, hasta acabar cediendo tras algunos minutos de constante empeño. Recuerdo, con placer lo limpias que dejamos aquellas dependencias comunitarias y como Pedro y yo nos abrazábamos alegres y satisfechos por el deber cumplido.
Por la tarde y sin tiempo de descanso, nos mandaron a limpiar los hornos de la cocina por dentro, operación que se hacia cada tres meses y que casualmente aquel día nos tocó a nosotros. Iniciamos aquel trabajo con ánimo de minero del carbón , Pedro, incluso cantaba alguna canción de su pueblo. Las paredes metálicas de los hornos habían acumulado dos centímetros de grasa que se disolvía entre nuestras manos, iban a manchar nuestra cara y cabellos, acabando por dejar también la ropa de faena de un color miel negruzco.
En esto estaba cuando resolví no volver a leer a Kafka nunca más. Pues lo que en su día fue un placer literario, ahora era una realidad sangrante. Pero que demonios, éramos jóvenes, teníamos energía y no nos iban a doblegar así como así. Después del tercer horno, con los brazos ya insensibles, nos deslizamos tras unas ollas de gran diámetro, desde allí vimos como el cocinero jefe preparaba la paella del día siguiente para tresmil, mientras iba comiéndose las pocas gambas que había, tirando las fundas de las mismas enteras al caldo, con tal habilidad que parecían estar llenas. Escapamos de aquella cocina del infierno.
Nada más salir por la puerta, nos enrolaron en una pequeña brigada de limpieza, estaba anocheciendo, el cuerpo se negaba a seguir con más tareas. Las amenazas de los mandos nos condujeron hasta uno de los comedores de unos mil metros cuadrados que había que fregar. Armados de cubos y fregonas empezamos a cámara lenta aquel trabajo. Pedro, recordando su oficio de pastor se quedaba dormido de pié, con el palo de la fregona a modo de bastón. Tuve que despertarle varias veces para continuar.
La cabeza me daba vueltas, estaba mareado. Demasiada dosis de realidad para mi espíritu novelesco, solo quería terminar, solo dormir como único objetivo. Cuando ya teníamos el comedor prácticamente terminado, aparecieron por el portón dos vigilantes borrachos. El más alto se acercó a nosotros. Miró el interior de los cubos y soltando maldiciones los volcó a patadas. Insultándonos por tener el agua tan sucia, que se derramó como tinta china cubriendo parte del comedor.
Pedro y yo nos miramos un instante, los ojos enrojecidos con un brillo de demencia. Solo recuerdo una luz amarilla cegadora que lo borró todo. Uno de los vigilantes cayo al suelo por el golpe de fregona de Pedro, mi cubo se estrelló contra la cara del otro. Noté una especie de punzada en la cabeza y despertamos a la mañana siguiente en el calabozo.
Una semana más tarde juramos bandera.